VIDA Y MILAGROS DEL VINO
VIDA Y MILAGROS DEL VINO
Racimos de gordos granos bajo pámpanas falderas cobijando su infancia parvularia de los rayos del sol verdugo, formando senos turgentes cuya leche mosto es, de vino firme promesa; hacen besar la tierra a los sarmientos de los que penden cuando su voluptuosidad los domina con una buena razón de peso que los sentidos conturba.
A pleno sol, ruegan la lluvia que los jubile de sus escaseces y los sangre en el lagar, devorados por burbujas de fermento voraz.
Los racimos menos afortunados cuelgan sus inmaduras vergüenzas, cual diminutos testículos agraces, poco apetecibles a la vista, sin pámpanas taparrabónicas ni futuro para el sexo etílico, como hijos del infortunio y la escasez, sometidos a una asfixiante pobreza.
Pámpanas sobre pámpanas apoyadas, senderos de químicos circuitos; laboratorios rumiando rayos de sol por su verde tejido superficial, gestando fórmulas genéticas que alcoholes de azúcar paren en granos en cuarto creciente de racimos apretados, a los que visten de verdinegros colores, como para bodas de sangre.
Grandes cepas vigorosas levantan sus brazos sarmentosos en alto, de refrescantes pámpanas ataviados, como brindando al cielo exitosa suerte, mostrando sus impúdicos granos de uva, representación de sus virtudes en tanga de follaje; orgulloso fruto de orgías y deleites, obtenido del espectro solar, una vez transmutado en vino y envasado en lujosa botella cristalina de tres cuartos, tercio o litro; incluso expedido a granel en garrafas de arroba, tanto arroba el preciado líquido al paladar más exigente como al menos sibarita, enviciado de su poder.
Los sarmientos buscan espacio donde encontrar su solaz, alargándose y creciendo en busca de propietaria soledad privada, abriendo su pámpana a las caricias del sol, energía para racimos a los que amamantar, brotes que ensanchan sus pechos sin más sostén que la protección a la sombra del vientre de la cepa; senos que tienta el vendimiador con placentero deleite, amputando con su tijera la hebra que los sujeta al sarmiento padre, para que yazgan en cuévanos que amamanten bodegas sedientas de mosto; quedando las pámpanas madre, sin pechos que cobijar, heridas de muerte.
A prietos racimos dan a luz y amamantan sarmientos como goteros de cepa, entubando racimos de uva de vid, que claman al cielo su desesperanza, como buenas madres a las que arrebatan sus hijos, cuando se los raptan en busca de océanos de mosto, desechando hollejos y pepitas, a los que dar a luz, con otro fruto, en otro parto, fermentado en la oscuridad de otros vientres, lúgubres matrices de rastro morado.
Parto que se incuba en las bodegas en meses que les son vitales, en consonancia con la calidad que fija su meta el enólogo alquimista; segunda vida que a la sombra se gesta, entre burbujeantes y cálidas ebulliciones en las que la luz no entra en parte ni ha sido invitada de honor para ser juez en un proceso en el que no se admiten recesos, veredicto para catadores futuros.
Podrá servirse más tarde, con absoluta condescendencia, en copas, vasos, porrones y redomas, transmitiendo la alegría de su doble vida, productora de sonrisas felices y gestos aprobatorios.
El fruto de la vid es la hija más querida, nacida de la luz, muerta ensangrentada y renacida de la noche más tormentosa y febril; cuerpo para transfusiones de alegría para sus seguidores y entendidos, cautivos de su chispa volátil; sibaritas del buen sabor, con paladares exquisitos, enamorados de su cuerpo de rasgos afrutados y sexo lingüístico, que se satisfacen de su acento, indicado éste en su sello de denominación de origen, orgullo para bodegas productoras de los mejores caldos seductores.
El placer de descorchar una buena botella de marca adquiere connotaciones sexuales por el ritual que lo asemeja en cuestiones de desprecintado, el cual provoca una profunda satisfacción íntima, deleite de los sentidos.
Doble chispa de vida bautizada en copa de buen catador, elevan la pasión por el vino noble, de buena calidad, en roble acunado, condimento para sabores culinarios que a la mesa se sirven con hambre renovada.
Como maná del desierto, su virtud por los labios fluye, sorbido en su término justo.
Sobrepasarse con este caldo, en un dispendio de ebriedades, conlleva las fiebres y penas por las que ha transitado y moldearon su carácter, tras efímero placer; como yacer con mala mujer puede ser engendro de contagios, cosa que con fiel esposa se evita, la violación de la mesura embota los sentidos.
Quien convierte el vino en callejera, adquiere la adicción de penas que debe luego ahogar con un poco más, cada vez, inundando las balsas del cuerpo con su ansiada y supuesta euforia, apresadora como las garras de los zarcillos del sarmiento, penetrando en las mentes sometidas al despotismo del que penden.
Compañeras de comida, tinto, blanco o rosado, la elección es un arte que agradece el buen paladar; las buenas copas dan placer, satisfacción y buen dormir. No se engaña un vino con otro, pues la mezcla se rebela en un estallido de celos que amarga en nuestro vientre y explota en nuestras sienes al galope de la taquicardia cómplice de la infidelidad.
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Pero, ¡ah!, crueles tiempos modernos que cambian costumbres y levantan patíbulos en los que cepas milenarias pierden su libertad de expresión al dictado de sus verdugos, expuestas a máquinas que las recolectan sin humanidad; inmovilizadas como Cristo en la cruz, al que circuncidan racimos de gloria; verdaderos Gólgotas para grandes bebedores, hijos del dios Baco.
Cepas sin libre albedrío, merced al progreso esclavizador que, como gallinas en jaula, crucifica y corona de espinas, extrayendo a tiras su piel, deshollada de sus granos con máquinas impasibles de las que Pilatos se lava las manos en rios de agua convertida en vino, por muy dueño que sea de la viña; milagro que sus bolsillos desborda, aun cobrando escasos céntimos por kilo, si la cosecha es generosa ante el suplicio y ha podido pagar el rescate para no ser arrancada de cuajo y arrojada a las tinieblas.
Pimentel del Piquillo, 16 Junio 2010



